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Suscripciones
Pagamos cada mes... y nada es nuestro

Durante gran parte del siglo pasado, comprar significaba poseer. Si adquirías un disco, una película, una impresora o incluso un programa de software, era tuyo. Podías usarlo cuando quisieras, prestarlo, revenderlo o guardarlo por años sin que nadie te cobrara de nuevo.
La relación entre empresas y consumidores solo consistía en pagar una vez y obtenías el producto. Pero con la llegada de la tecnología digital esa lógica empezó a cambiar lentamente.
Las primeras señales aparecieron con la televisión por cable en los años setenta, cuando HBO demostró que la gente estaba dispuesta a pagar mensualmente. En pocas décadas, el porcentaje de hogares con cable pasó de apenas 7.5% en 1970 a cerca de 67% en 1999.
Luego vino el internet, que convirtió productos en servicios como los software, la música, los videojuegos y las herramientas que antes se compraban una vez comenzaron a cobrarse de forma recurrente.
Con los smartphones, tener internet en el bolsillo hizo que pagar pequeñas cuotas mensuales se volviera una rutina, hasta que la suscripción dejó de ser la excepción y se volvió una regla.
Hoy no solo rentamos contenido digital. Rentamos funciones de objetos físicos. Un ejemplo es HP, una impresora que cuesta $160 dólares puede “rentarse” por $8 al mes bajo un contrato de 2 años. Al final habrás pagado $192, un incremento del 20% más que comprarla directamente, y aun así no será tuya. HP limita cuántas páginas puedes imprimir al mes y cobra extra si te excedes.
Peor aún, sus propios términos dicen que nunca eres dueño del dispositivo ni de los cartuchos, incluso después de completar la suscripción. No estás comprando una impresora, estás pagando por permiso de uso.

Pagas $8 dólares al mes y no es tuya.
El mismo patrón se repite en todos lados. Empresas rentan computadoras gamer por $129 al mes que en solo 15 meses ya cuestan más que su valor real y que en cinco años superan los $7,700, suficiente para comprarla cuatro veces.
Colchones inteligentes de más de $3,000 dólares que bloquean funciones tras cuotas mensuales de $17 obligatorias. Relojes, autos, apps, almacenamiento digital, música, televisión, videojuegos y hasta gimnasios funcionan bajo pagos automáticos que casi nadie revisa.
Para las empresas es el negocio perfecto, con ingresos recurrentes, clientes que olvidan cancelar y mayor rentabilidad. Adobe multiplicó sus ingresos al transformar su software de un solo pago a suscripción, facturando $21.5 mil millones de dólares en 2024.
Apple elevó sus utilidades de $20 mil millones en 2015 a más de $96 mil millones en 2024 empujando planes mensuales alrededor de cada dispositivo que vende.
El problema es que este modelo no solo encarece todo con el tiempo, sino que borra la idea de propiedad. La música es el ejemplo más claro. En 2024, 84% de los ingresos de la música en Estados Unidos ya provenían del streaming, mientras que las ventas físicas apenas representaban 11%.
En películas y series, los formatos físicos cayeron por debajo del 2%. La mayoría de la gente ya no posee lo que consume. No puede revenderlo, prestarlo ni heredarlo. Cuando una plataforma elimina títulos o bloquea cuentas, simplemente desaparecen de tu vida.
Frente a esta digitalización total, algunos consumidores están reaccionando. Desde 2005, las compras de discos de vinilo han crecido más de 200%, impulsados por personas que quieren volver a tener algo físico, tangible y permanente.
En Brooklyn, una zona conocida como Analog Alley reúne tiendas de libros, juegos de mesa, discos y VHS como forma de resistencia cultural al algoritmo.

Una colección física no desaparece ni bloquea cuentas.
Ahí opera Night Owl Video, una tienda que ofrece entre 8,000 y 10,000 películas en DVD, Blu-ray y VHS. Los dueños mencionan que las plataformas de streaming prometieron acceso barato y cómodo, pero hoy suben precios, empujan su propio contenido y eliminan justo las películas que la gente sí quiere ver.
Los catálogos cambian constantemente y hoy tenemos recomendaciones automatizadas que muchas veces no funcionan. En cambio, una colección física no desaparece, no se degrada por la velocidad de internet y suele ofrecer mejor calidad de imagen y sonido.
Más allá de la nostalgia, la economía de suscripción está transformando a los consumidores en arrendatarios perpetuos. Pagamos cada mes por cosas que antes eran nuestras.
Dependemos de software que no controlamos. Perdemos derechos de uso a cambio de conveniencia. Y aunque al inicio parece barato, con el tiempo casi siempre resulta más caro.
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